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 [Cuento] Oscuridad

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SupervilchisPrime52
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MensajeTema: [Cuento] Oscuridad   Miér Ago 28, 2013 12:52 am

Era oscuridad. Pura y absoluta oscuridad. ¿O me había vuelto ciego? No podía ser ¿O sí? No. La última vez que fui al doctor me dijo que todo estaba bien, sin tomar en cuenta mi tendencia a tener la presión baja que ya era algo común en mí. Entonces ¿por qué no puedo ver nada? Escucho mis pasos y mi respiración. Doy un paso y suena como si fuera metal lo que está debajo de mi. Y metal grueso. Fácil de unos 10 centímetros de grosor. Mis años como ingeniero me lo confirman. Pero ¿Y si estoy ciego y estoy en una viga? No, no puede ser. No escucho el viento ni nada más que mi respiración y mi latido. Pero no, no me moveré. Tal vez caiga al vacio y muera. Aquí me quedare. Me sentare. Si, si me sentare y tranquilamente pensare que hare…

-¡NO!- Grite mientras mi mano pasaba por donde se suponía que debía estar el piso. En un instante mi mente recorrió mi vida mientras me preparaba para caer desde 100 metros y morir despedazado. Pero no fue así. Mi mano toco el piso tan solo 10 centímetros mas abajo. Al igual que todo mi cuerpo el cual cayó casi como si se tratara de un reflejo. Un escalón. Un maldito escalón. Tirado en el frio metal y la oscuridad y en el silencio, llore.
No supe ni cuando me quede dormido o si realmente lo estuve. Solo recuerdo ser más consciente de la oscuridad.
-¡Sofía!- Grite, tratando de oírme por encima de mis respiros y el ensordecedor compas de mi latido.
-¡Sofía! ¡Manuel! ¡Kathya!- Ahora llamaba a mis hijos.
-¡Alguien!- Ahora, a quien fuera.

Sentado en el escalón, ciego y con hambre sabia que algo tenía que hacer. Pero el miedo no me dejaba. ¿Y si ahora si caigo? ¿Y si me encuentro con alguien o algo que no le guste mi presencia? Y ahora que lo pienso, tengo un rato ya sintiendo que me observan. Uno, dos o mil pares de ojos que miran todo lo que hago. Siento esa maldita pesadez en la nuca. Esa sensación cuando te miran por detrás. Volteo y no hay más que oscuridad. Pero la maldita sensación no se va. A cualquier lado que me gire, alguien me mira. Lo sé, alguien me mira. Pateo en el aire con coraje y mi pie se encuentra con el escalón. Grito de coraje por mi estupidez.

Decido quedarme parado donde estoy mientras el hambre empieza hacerse notar más y mas. No sé cuanto he estado aquí. 3 o 4 horas ¿O ya habrá pasado un día? Tengo sed.
Este monologo interno que hago con tal de no enloquecer es mi único control.

El tiempo pasa mientras mi corazón y mis pulmones parecen ponerse de acuerdo y accionar con una sincronía que cualquier atleta envidiaría. Respiro, latido. Respiro, latido. Respiro, latido.
Sostengo la respiración y mi corazón se detiene. Escucho algo. Alguien está contando mis latidos. No. No les daré eso. Sigo sosteniendo mi aliento. Ya verán. No soy ningún experimento. Creo que ya va un minuto que no respiro. Pronto vendrán a forzarme a respirar. Sin mí su experimento muere. Si. Si. Ya verán. Me duela la cabeza pero tengo que aguantar. ¡NO! ¡Escucho mi latido! No les importa que respire mientras escuchen mi latido. Siento que me voy a desmayar. Respiro y el aire inunda mis pulmones. Mi cuerpo descansa mientras mi corazón y mis pulmones entran en sincronía otra vez.

¿Cómo acabe aquí? ¿Cómo termine en este agujero del mundo donde nadie viene jamás? Recuerdo estar en mi casa, haberme dormido en mi cama junto a Sofía, mi esposa y luego desperté, según yo 5 minutos antes de que sonara mi despertador. Abrí los ojos y no vi nada más que oscuridad.
¿Les habrán hecho lo mismo a los niños? ¿A Sofía? ¿Estarán en un cuarto junto a mí sin poder ver nada también? Tengo que encontrarlos. Tengo que decirles que todo va a estar bien. Tengo que encontrar un pared rápido. Levanto mis brazos y empiezo a caminar despacio y luego mas y mas rápido. Camino por lo que parece un kilometro cuando… ¡BOM!
El sonido de mi cara contra el suelo de metal hace eco por toda la habitación. Un eco que mis latidos no me había dejado oír. Me arde la cara. Y creo que sangra mi nariz. Alcanzo mi rostro con mi mano y sí, estoy sangrando. Busco entre mis piernas para encontrar con lo que me tropecé. Nada. Me pongo en cuclillas y luego empiezo a gatear unos dos o tres metros atrás de mí. Ahí está. Un tubo grande metal también. Pesado en una de las orillas como si fuera un martillo o un mazo gigante. Sigo el tubo y encuentro el extremo. Grande y gordo. Me lo imagino de un color negro cenizo como en todas las películas. Me levanto con él, ha de pesar unos 20 kilos. Lo dejo en el piso mientras reinicio mi búsqueda de una pared. Cuento los pasos para no volver a tropezar. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once, doce, trece, catorce, quince, dieciséis. Mi mano al fin siento algo, el mismo tipo de metal que hay en el piso. Lo golpeo con mis puños por lo que parecen horas mientras grito el nombre de mis hijos y mi esposa.

Nada.

La sangre de mi nariz ha empapado mi playera hasta hacerla pesada. Me duelen las manos y los pies. Tengo sueño.
Despierto después de lo que parecen días ¿O fueron horas? Abro lo ojos hacia la eterna noche sin estrellas que esta prisión que se ha vuelto mi vida. Pienso en Sofía y su hermoso cabello, largo y negro. Su piel blanca y su sonrisa que me llena de esperanza. En su cuerpo escultural, bueno al menos para mí. En esa espalda que me cautiva cuando hacemos el amor. Y mis hijos, tan pequeños e indefensos. Hace solo unos días que Kathya aprendió a caminar y Manuel siempre al pendiente de ella. Ambos con los ojos de su madre. Los extraño tanto. Lloro en silencio y me hundo en mis recuerdos. Estoy tan cansado.
Vuelvo a abrir los ojos ¿Acabo de despertar o estoy soñando? Las imágenes de mi familia se veían tan reales. Casi podía sentir el aroma a frutas que desprende el cabello de Sofía al caminar y la celestial risa de mis hijos.

No. No me quedare aquí.

Saldré de aquí y los veré de nuevo. Seco mis lagrimas, me levanto y mi camino los dieciséis pasos hacia lo que será mi instrumento hacia la libertad.
Lo descubro una vez más. Ya no como una herramienta de dolor, si no como un generador de esperanza. Lo tomo con fuerza, me pongo en posición, corro con toda mi fuerza y estrello el mazo contra la pared. Toda la habitación tiembla. Reviso la pared. La abolle. Y creo que si sigo así, golpeándola, la podre romper. Pero debo ser rápido o quienes me atraparon vendrán por mí. Golpeo la pared con una fuerza y voluntad que solo se tiene una vez en la vida. Golpeo y golpeo hasta que veo un pequeño pedazo de luz, mínimo casi inexistente. De él sale una pequeña corriente de agua, casi como una brisa. Debo estar en la playa. Sonrió. Siempre quise ver el mar. Golpeo con todas mis fuerzas una vez más seguro de que el agujero se volverá lo suficientemente grande para salir.

Y la verdad me golpea en forma de una ráfaga de agua a increíble presión. La habitación se empieza a inundar. Estoy bajo el mar. Floto a la deriva dándome cuenta que fui mi propio verdugo buscando la libertad. Que jamás oí mi latido si no las maquinas del sonar. ¿Mi latido? Estúpido, si a veces ni los doctores lo oían. Escucho el metal doblegándose y rompiéndose ante la presión dejando pasar más y más agua. Y mientras el agua llena mis ya cansados pulmones, en mis ojos otra vez encuentro la noche sin estrellas. Era muerte. Era oscuridad.

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